Cierre
Créditos
Este libro se debe a los maestros que compartieron la verdad a un coste real para sí mismos, los que no suavizaron un hallazgo para conservar su posición, los que fueron ridiculizados, borrados del registro médico o enterrados, y cuya obra sobrevivió a los hombres que intentaron suprimirla.
A Royal Rife, que construyó un microscopio para ver lo que la medicina decía que no podía verse, y un instrumento para responderle con frecuencia. A Andreas Moritz, que cartografió el hígado encenagado y la limpieza que lo despeja.
A Mark Sircus, por la medicina de las moléculas más simples, el bicarbonato, el magnesio, el yodo. A Walter Last, que escribió la química de la curación en palabras llanas.
A Tony Pantalleresco, por el banco del herbolario y el temple de regalar sus secretos. A Tullio Simoncini, que pagó una cura heterodoxa con su licencia. A Hulda Clark, que no dejó nunca de nombrar el parásito y la toxina.
Y a los antiguos alquimistas, que sabían que el verdadero laboratorio fue siempre el cuerpo, y el verdadero oro, el ser humano.
Y a mi propia familia, cuatro generaciones de médicos y practicantes de salud natural, la medicina clínica y la medicina natural trenzadas en una misma mesa, que me trajeron este conocimiento antes de que yo supiera que tenía nombre.
El precio que pagaron es la razón por la que este conocimiento sobrevivió hasta poder escribirse.
